De jueces y justicia

De jueces y justicia
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La forma y el espíritu. Para la ley argentina, vacía de contenido en cuanto a la subrogación de vientres, es madre quien llega a parir. La historia de dos adultos que querían ser padres e hicieron las cosas como corresponde.

La historia comienza con la decisión de tener un hijo. Dos varones que están casados en nuestro país quieren ser padres. Leo Politi e Ignacio Santalla decidieron, luego de varios años de matrimonio, adoptar a una criatura. La burocracia, los reparos por ser gays, la propia expectativa de ser progenitores a una edad razonable, hizo que desecharan esta posibilidad. No hay cambio de ley, no hay expresión de deseo de campaña que haya mejorado el proceso de adopciones en la Argentina. No hay fuero especial para adopciones. El mismo juez que dispone un divorcio, una cuota alimentaria o lo que sea, debería ocuparse de las adopciones.

Entonces vino la chance de la subrogación de vientres. Después de averiguar en distintos lugares, tomaron nota que hacer esta práctica en el exterior era imposible. Dinero. Mucho dinero. En nuestro país, distintas clínicas se dedican a esta especialidad. Nacho y Leo se acercaron a Halitus, del experimentadísimo Sergio Pasqualini. Allí, accedieron al programa de donación anónima de óvulos y con el esperma de uno de ellos se inició la tarea de fecundación artificial. Ese óvulo fecundado, fue implantado en el útero de Cintia, una amiga de los padres, que decidió subrogar su vientre. Cintia es mamá de tres hijos y, luego de largos meses de terapia con sus amigos, accedió a este gesto de generosidad. Es el primer caso argentino de esta técnica de dos varones.

Juan Pablo nació en junio de 2015. Es un niño feliz, sano y va al jardín con alegría. Sabe y, sobre todo, siente, que sus papás son Leo y Nacho. Crece en el amor. Para la ley argentina, vacía en los temas de subrogación por el apriete de los grupos conservadores que la lograron quitar de la reforma del Código Civil, es madre quien llega a parir. La ley de nuestro país se niega a ver la realidad. O mejor: decide esconderla creyendo que la negación alcanza para construir o destruir realidades. Si estos dos varones hubieran tenido dinero, podrían haber subrogado un vientre en Estados Unidos o en India y luego anotarlo como propio en la Argentina. Por eso, en el acta de nacimiento de Juampi figura que la mamá es Cintia y el papá Nacho.

Leo y Nacho decidieron hacer las cosas como corresponde. Se presentaron ante la justicia y reclamaron, con consentimiento de Cintia, que la maternidad debe ser impugnada corrigiéndose el testimonio de nacimiento y haciendo figurar que los dos padres son nuestros varones. En primera instancia, la jueza hizo lugar. La doctora Mirta Noemi Aguero, juzgado 81 de Familia de la Capital, consideró que la voluntad de procreación de los hombres, rubricada en un acta junto con Cintia, el tratamiento de hijo desde la primera hora y la realidad, eran indubitables. Leo y Nacho son los padres, afirma la jueza con una sensibilidad remarcable.

Sin embargo, el fiscal se opuso. El fiscal es el encargado en la estructura judicial de representar los intereses de toda la sociedad. Vaya a saberse si la sociedad se siente representada por este abogado. Llegado al tribunal superior, la Sala E de la Cámara de Apelaciones de la Capital, integrada por los doctores Dupuis, Racimo y Galmarini rechazaron la medida. Dicho con simpleza no técnica, consideraron que Cintia es la madre aunque expresamente haya aceptado subrogar el vientre y que los dos varones no pueden ser los padres.

En tediosas 62 fojas de giros jurídicos y leguleyos del fallo de Cámara, los abogados consideran que es muy importante atenerse a la letra de la ley antes que al espíritu de ella y, obvio, a la contundente realidad de los hechos. Los jueces dicen que hay un vacío legal. Que, quitado de los proyectos gracias a la presión de los conservadores la subrogación de vientres, hay que atenerse a lo que está escrito. Madre es quien da a luz. ¿Importa si la mujer, madre de tres hijos, amiga de los varones, produce un acto de generosa solidaridad para permitir la gestación en su vientre? No importa. La ley no anda con miramientos sentimentales de la generosidad o del amor amical. ¿Importa el indudable deseo de ser padres de dos adultos que prefirieron no burlar la ley o no pudieron encontrar el taparrabos de viajar al exterior para sortear la laguna legal? No. No lo consideran los jueces. Y, por fin, ¿tiene trascendencia la felicidad del niño, el interés superior de Juampi que es un hijo deseado por Nacho y Leo y que es feliz en sus 3 años de vida?

El fallo de Cámara es un rosario de análisis formales. Se le achaca a los tres, Cintia y los dos padres, que firmaron el consentimiento para subrogar en un documento privado que solo formalizaron yendo a una escribana 5 meses después del nacimiento de Juan Pablo. Y claro: ¡cómo no se los ocurrió a estos hombres timbrar y sellar los documentos en medio de la gestación! Se les achaca no haber reclamado la inconstitucionalidad de los preceptos de las viejas leyes que no los deja ser padres, omitiendo la obligación propia de un juez civil de no actuar con dogmatismo formal haciendo privilegiar las formas por sobre la sustancia. Y más. Pero esencialmente, los doctores Duspui, Galmarini y Racimo se sientan sobre el código y asfixian la lógica del deseo de ser padres y el amor que ello conlleva.

Juan Pablo tendrá, si todo va bien, un hermanito o hermanita. Cuando nazca, podrá ser inscripto como corresponde gracias a la experiencia generada sin saberlo por ser el primer niño concebido de esta forma y del trabajo de abogados que evitarán caer en la sinceridad de Leo y Nacho. Pero él, Juampi, si la Corte Suprema no atiende el caso y revé el fallo de Cámara, corre el riesgo de seguir siendo un paria civil.

Este caso de la justicia argentina tomado al azar (aunque con especial deliberación de este cronista) se escribe en la semana en que el nuevo presidente de la Corte Suprema Carlos Rosenkrantz aseguró que la mala reputación del Poder Judicial se debe a la manipulación que hacen los medios de comunicación sobre la opinión pública. Rosenkrantz no se puso colorado ni ante su respuesta por la pregunta de si un juez debe pagar Ganancias. Allí dijo que si les aumentan el sueldo para compensar el descuento del tributo se podría hablar. Uno imagina que menos le afectará este caso, como tantos, de señores jueces que fallan con el rigor de la forma de la ley, alejados del esfuerzo de mirar el fondo de la norma. De la justicia misma, en suma.

Por: Luis Novaresio

Fuente: https://www.lacapital.com.ar

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