La autodefensa del consumidor roba mucho tiempo

La autodefensa del consumidor roba mucho tiempo
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Muy temprano a la mañana y entre sueños oigo que suena un mensaje en el celular. Al rato, otro. Cuando pispeo aparece un número conocido, que no cesa de llamarme hace meses: el texto me conmina a participar de un concurso que, de ganarlo, me traerá beneficios cercanos a la felicidad.

Al rato suena el teléfono. Ahora es el fijo. La voz educada de una mujer me pregunta si yo soy yo y, confirmado ese dato, ofrece una conexión de Internet de la misma compañía telefónica de la que soy cliente. Le digo que ya tengo otra. Me dice que ella me puede detallar una oferta muy interesante. Le digo que no me interesa y corto. Esto no ocurre una vez. Una o dos veces por semana, otras señoras corteses que jamás se olvidan de dar su nombre y apellido acostumbran a llamarme para ofrecerme ese u otro servicio. Claro, la compañía tiene mi número.

Los políticos también prefieren el fijo. Atiendo y escucho la voz de Rodríguez Larreta que me invita a “tomar un café” con vecinos de mi barrio el día tal en tal lado. Otras veces su misma voz grabada me informa de algunos de sus logros. Antes me llamaba Florencio Randazzo para ofrecerme renovar mis documentos o contarme lo bien que andaban los trenes.

Los bancos con los que opero, también. Me comunican que tengo la suerte de que me han otorgado tarjetas de crédito que no pedí ni me interesan o préstamos personales que jamás solicité. A veces directamente me llega a una tarjeta y cuando llamo para reclamar que nunca la requerí, me dicen que no me preocupe que si no la activo no hay problema y así va parar al tacho de basura.

Al celular, en cambio, todas las ventajosísimas promociones llegan en forma de mensajes.

Sé que uno puede ir a Defensa del Consumidor y hacer un trámite para terminar con este acoso telefónico. Lo que me dicen es que el trámite hay que hacerlo personalmente. Y eso lleva un insumo cotizable llamado tiempo.

También debo cuidarme con el cajero automático. Cada tanto dispara preguntas que son, en realidad, ofertas de créditos, tarjetas, seguros, etc. y si uno toca la tecla equivocada después tiene que hacer el trámite para desactivar el proceso puesto en marcha. A cambio, los bancos ofrecen pagar diversas cosas “desde la comodidad de su hogar”, a través de Internet. Es decir, hacer el trabajo que hacen ellos, pero de manera gratuita.

Conseguir una tarjeta de crédito es muy fácil. Pero desprenderse de una, suele ser dificilísimo. Ahí sí que, en general, no hay comunicación por Internet o correo electrónico que valgan. El trámite es personal, engorroso y lleno de vueltas porque, en general, la renovación, con su costo, es automática.

Con el mail, no hay defensa. Mucho más de la mitad de los que recibo son propagandas o intentos de venta de todo tipo y color de cosas que no me interesan en lo más mínimo. Me veo en la obligación de borrar tantos, que lo hago con mucha atención, no vaya a ser que en el montón mande a la papelera alguno que sí me concierne. Lo peor de todo es que gran parte de ellos vienen de bancos o negocios de los cuales soy o fui cliente. Es decir, que deberían en teoría tener algún tipo de consideración para conmigo. Pero no. A sus departamentos de comercialización o marketing, implacables en su afán de vender, les importa un rábano molestarme hasta el hartazgo.

En nuestra sociedad debemos cuidarnos de los chorros que son legión y se reproducen, al mismo tiempo que varían y refinan sus técnicas. Pero también de instituciones y firmas supuestamente “amigas” que consideran que nuestro tiempo no vale un pepino.

Por: Marcelo A. Moreno

Fuente: http://www.clarin.com/

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